Rayuela

He leído «Rayuela» y Cortázar me ha puesto de mala leche. Casi tanto como el hijo de la gran puta de Kundera.

En mis planes entraba leer «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha» pero cuando el amigo que subió a mi piso a buscarlo consideró que «Rayuela», que estaba al lado, tenía más glamour y me preguntó si no lo prefería cambié de opinión. Cagada monumental.

El libro no me gusta por dos motivos y el primero de ellos es que en la construcción del protagonista hay algo que me recuerda al de «La insoportable levedad del ser». Estamos ante un personaje emancipado de la empatía, como dijo aquél, que se cree más inteligente y perceptivo que el resto de personas y en base a esto siente que tiene patente de corso para hacer sufrir a los demás en su búsqueda de una pureza metafísica y ontológica que, además, es incapaz de definir qué es o como alcanzarla. También trata con desprecio y desdén a quién considera que no se hace esas mismas pajas mentales. Para más inri, en el libro hay un único capítulo en que Oliveira, así se llama este energúmeno, siente algo similar a la compasión y empatía y se molesta mucho porque alguien muestra poca consideración al largarse de un concierto de piano de una calidad, a todas luces, lamentable (¿En serio, cabrón?).

En el fondo el problema no es este. No tengo nada en contra de los personajes odiosos. Lo que me escama es la coincidencia con el protagonista de la ya citada novela de Kundera: me da la impresión de que en ambos casos el autor intenta que sintamos compasión por ese cabronazo que ha elegido como protagonista al que probablemente haya transferido muchos de sus pecados. No conozco la vida de Cortázar pero la novela es lo que me transmite.

El segundo gran problema es que me he sentido estafado. Según comenta el autor al principio del libro hay dos novelas diferentes. La primera se lee de manera canónica comenzando por el capítulo 1 hasta llegar al 56, en cambio la segunda se lee utilizando el orden siguiente.

Al leerla mediante el primer orden te encuentras una novela que en su mayoría está bien escrita, con pasajes muy bellos, metáforas y reflexiones acertadas y de decir chapó y con una trama que no me ha gustado mucho. Un problema que he encontrado en esta primera lectura es que creo que se columpia con muchas «proezas» técnicas o simbólicas que creo que aportan poco y son bastante gratuitas como lo de «hablar en glíglico» o que en ciertos pensamientos Oliveira preceda algunas palabras que comienzan con vocal con la letra h por la cara. De lo del capítulo 32 con Benito Pérez Galdós ya mejor ni hablamos.

Estas cosas, aunque en el momento me saquen un poco de quicio, las encuentro perdonables y soy capaz de pensar que hay elementos que estoy pasando por alto, que hay gente a quién le puede gustar. Además cuando se está experimentando siempre hay que dar un poco de cancha.

Lo realmente terrible comienza con la segunda lectura que se supone que es la genialidad de la obra. Uno piensa que Cortázar ha sido tan máquina que al cambiar el orden de la lectura, añadiendo algún capítulo extra, va a ser capaz de generar una historia completamente nueva y distinta, con lo que los «fallos» de la primera van a ser más tolerables. Pues va a ser que no.

Si os fijáis el orden propuesta para la segunda lectura es el mismo, sólo que intercala capítulos que todavía no has leído. Lo que prometía ser una proeza se convierte en un juego de trileros. Los capítulos a partir del 57, que no se leen si se sigue el primer orden, no cambian nada el sentido de la primera lectura, simplemente arrojan algo de luz. Es decir la primera lectura es la misma que la segunda pero quitando cosas. ¿Dónde está la genialidad de esto? Yo no la veo por ninguna parte. Por cierto, la floritura de sugerir un bucle infinito indicando que el capítulo 131 ha de ser leído antes y después del capítulo 58 ya me parece la filigrana cutre definitiva.

Además la inmensa mayoría de los capítulos que siguen al 56 ocupan menos de una página y algunos son citas de otros autores. Hay más de uno que son un párrafo de obras, como por ejemplo de Apollinaire. Ésta encima la deja en francés. Yo entiendo que si sólo se tratase de una frase que en el idioma original tiene una sonoridad maravillosa decidas no traducirla. Esto también lo tolero, incluso me gusta y en algunos de mis relatos lo hago con el catalán, alguna frase o diálogo se mantenga para respetar una oralidad que consideras atractiva. También lo encuentro correcto con conceptos clave, como cuando los libros de filosofía están llenos de palabras en alemán. Por ejemplo cuando McCarthy lo hace con el castellano en sus obras de vaqueros me flipa y lo mismo cuando en «Rayuela» sucede lo mismo con canciones, frases o diálogos en inglés y francés.

Para acabar con esto, tengo que hacer un pequeño matiz. Hay una única alteración del orden. En la segunda lectura no hay que leer el capítulo 55 sino otro. Pues resulta que el capítulo 55 es, literalmente, un fragmento del capítulo que lo sustituye. La única diferencia es que en el fragmento sustituto se comenta lo que está leyendo un personaje.

Por otro lado, ¿qué necesidad había de que los capítulos posteriores al 56 no estén ordenados? ¿Hay que hacer cabalística? Creo más bien que era necesario para ofuscar todo más y vendernos mejor la moto.

En conclusión ¿recomiendo «Rayuela»? En general nunca lo haría, mientras que a algunas personas en particular sí. Lo que aconsejo a quién se proponga leerlo es que no se crea la vacilada de Cortázar y siga directamente el orden no canónico. Ya he dicho antes que tiene partes muy bonitas y reflexiones interesantes.

A Cortázar tengo pensado darle una oportunidad con los cuentos. Quizás se le den mejor, será cosa de los argentinos. Eso sí, será de aquí a mucho porque «Rayuela» me ha dejado jodido. Ahora leeré el nuevo libro de Fernández Liria y tengo muy claro que lo que venga después será algo que esté muy lejos de la experimentalidad contemporánea (ya he tenido suficiente). Estoy entre Rabelais y teatro clásico griego.


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