He leído «Juliette o las prosperidades del vicio» y he decidido que si pudiese escoger con qué personaje de la historia hablar el Marqués de Sade estaría en los primeros puestos. Tengo muchas preguntas para hacerle, pero sobre todo dos.

Las ganas de hacerle la primera de ella (¿De verdad te resultaría gratificante hacer todo lo que propone y dispone Juliette?) se iban incrementando a medida que avanzaba en la lectura. La segunda (¿Consideras válidos los «sistemas» con los que argumentan tus personajes sus fechorías?) creo que ya no se la haría, puesto que tengo entendido que el Marqués era lo suficientemente inteligente y honesto como para ver que muchas veces son contradictorios, tanto entre ellos como en si mismos.

Antes de entrar en materia, quiero aclarar que su contrapartida «Justine o los infortunios de la virtud» me gustó un poquito más. He estado varios días dándole vueltas al porqué de esto y he encontrado tres factores pueden explicarlo.

El primero es un rechazo ético de las acciones de Juliette, por mucho que Justine me parezca una pánfila.

El segundo consiste en una cuestión de ritmo. A Justine todo el rato le están sucediendo cosas y estás deseando que salga de un embrollo para ver en cuál es el siguiente en el que la pobre desdichada acaba enredada. Además de esto, los argumentos de sus torturadores son breves y sencillos ya que se parecen a los de los villanos de las películas de superhéroes, pues básicamente ese es el rol que desempeñan. Tengo que decir que el ritmo de Juliette mejora a partir de la tercera parte. Aquí los párrafos de 15 páginas se hacen muchísimo menos frecuentes.

El tercero creo que es el que más miga literaria tiene y creo que es la causa del segundo. Normalmente, tal y como le sucede a Justine, a los protagonistas de una novela les pasan cosas, tienden más a ser pasivos. En cambio, en el caso que nos ocupa es Juliette quién define y crea las situaciones.

Una vez aclarado esto llega el momento de hablar del libro en si. Generalmente las personas que, vistas desde fuera, hacen cosas malas (sean reales o ficticias) suelen considerar que proceden de manera correcta o que no les quedaba otra opción. En Juliette nos encontramos con unos protagonistas y compañeros de aventuras que son algo así como una aristocracia del mal. Ellos hacen lo que hacen sólo porque consideran que es perverso y nocivo. Se saben malvados y están orgullosos de ello. Es más, consideran que servir al vicio y a la destrucción es la manera de hacerse relevantes, ricos, poderosos y tener fortuna, mientras que la virtud sólo conduce a la desgracia, tal y como sucede con la pobre Justine o con la propia Juliette cuando por un instante duda en llevar a cabo una acción extremadamente cruel. La propia narración desmonta continuamente estos supuestos, salvo en el caso de los personajes más preponderantes, cuando compañeros extremadamente sádicos (nunca mejor dicho) se ven condenados a suplicios totalmente horrorosos.

Lo más curioso de todo, y es la gran contradicción filosófica de los «sistemas» de estos personajes, es que son capaces de dar auténticas chapas de decenas de páginas diciendo que la distinción entre el bien y el mal es completamente artificial y carente de valor (también proceden de manera similar con los tabúes referentes a las relaciones de parentesco) para después halagarse entre ellos diciendo que son muy malvados o encontrar un goce extra al torturar o tener sexo con sus parientes. De esta manera acaban guiando sus actos por aquello que consideran irrelevante y arbitrario. Sospecho que Hegel vería aquí algo de negación de la negación.

Para ir terminando me gustaría comentar la atmosfera de irrealidad que recorre toda la obra. Víctimas que acceden a ser conducidas a la muerte de maneras que saben que serán horribles para evitar que las maten de un disparo, asesinatos de centenares de personas que se llevan a cabo en minutos, con una frecuencia semanal o mensual, y que pese a ello nunca diezman la población de origen de las víctimas, etc.

«Juliette o las prosperidades del vicio» me ha gustado mucho, algo menos que la historia de su hermana, pero no es un libro que recomiende a todo el mundo. Se tiene que disponer del suficiente tiempo libre (por eso he esperado más de un año para encontrarme en esas condiciones) y de algo de estómago, aunque la pasividad bovina de la mayoría de las víctimas de la obra reduce bastante la necesidad de este requerimiento.


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