El desaparecido

Hace unos meses mi corazón se llenó de gozo al descubrir que había algo de Kafka que todavía no había leído, pues lo que en esta casa se siente por él es auténtica devoción. Se trata de «El desaparecido» (obra también conocida como «América»).

Para navidades, y como carambola de un regalo desatinado pero muy bien intencionado, me regalaron los cuentos completos de Borges, que ya tengo y que leí en su momento. Tras hacer la solicitud fui con mi amigo a cambiarlo y me llevé este libro y «Los diablos», de Abercrombie (de vez en cuando hay que leer algo de fantasía o ciencia ficción y me han hablado muy bien de esta novela).

Antes de comenzar la reseña en sí misma considero oportuno que todos los fanáticos de Kafka dejemos lo que estemos haciendo y agradezcamos profundamente que Max Brod, su amigo y editor, lo desobedeciese y no quemase todos sus escritos.

En las otras dos novelas de Kafka el protagonista se encuentra ante sistemas monolíticos y absurdos de por sí. Una ciudad en la que es imposible llegar al lugar al que uno debe dirigirse y un proceso penal que tiene lugar en buhardillas y rincones extrañísimos y que no tiene base alguna.

En el caso de «El desaparecido» hay una especie de traslocación de esto. Karl Rossmann (¡ siempre esa K!), el protagonista, llega como proscrito a un mundo extraño para él, América, pero carente de absurdidad a nivel global. En esta ocasión nuestro héroe se verá engullido por el absurdo y, en ocasiones, un vértigo a la libertad (que se note que he estado leyendo a Kierkegaard últimamente) causado por los comportamientos extravagantes, aunque poseedores de una lógica interna sólida, de algunos individuos que le llevan por el camino de la amargura. Paradójicamente, el señorito Rossmann alcanza la salvación, y presumiblemente la dicha, al abrazar de manera absoluta la primera institución que se muestra abiertamente absurda (de la manera en que lo son las de «El proceso» y «El castillo»).

Evidentemente recomiendo, y casi que exijo, la lectura de esta novela. Espero no volverte a ver por aquí sin haber leído antes algo del gran Franz Kafka, el único bohemio bueno.


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