Al límite

He leído «Al límite» y…he caído en una trampa.

En la última entrada comenté que necesitaba algo divertido y pensé que lo que califiqué como «una historia loca de Pynchon» me vendría al dedillo.

En la estantería tengo unas cuantas de sus novelas pendientes pero esta prometía darme exactamente lo que necesitaba: una historia absurda y rocambolesca con pinta de enredarse de mil maneras inesperadas. Pero eso no es algo extraordinario en una obra de este autor. Lo que realmente hizo que me decantase por «Al límite» fue ver que tenía capítulos muy cortos, de una media de 10 páginas. Ahí era donde estaba la trampa.

El bueno de Pynchon me estaba dando lo que quería pero no he sabido aprovecharlo. Hay que leerlo concentrado y con atención pero con una cierta rapidez, para poder sentir como te atropella el autobús y sorprenderte por sentirte desubicado pese a ello.

Si alguien está en el mismo gremio que yo sabrá que Mayo y Junio son unos meses en que uno ya tiene el cerebro frito, con lo que leer rápido y concentrado puede resultar difícil. Sin los cantos de sirena de los capítulos cortos probablemente me hubiese decantado por otro libro o lo hubiese leído en la paz de mi casa, pero a causa de ellos he ido leyendo los capítulos en franjas libres del trabajo encontrándome con todos los inconvenientes de hacerlo: interrupciones inoportunas, charlas de fondo, lecturas a medias por situaciones imprevistas y todas esas vainas. ¿Habré aprendido alguna lección con esto? A saber, el tiempo lo dirá.

Estoy seguro de que es un libro muy disfrutable y no descarto releerlo en un futuro para leerlo como se merece. Aprovecho para dar un consejo. Si alguien quiere comenzar con Pynchon, y aunque sea una recomendación frecuente, creo que hacerlo con «V», tal y como fue en mi caso, es un error.


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